La felicidad es un ejercicio

Felicidad from Eleonora Aldea on Vimeo.

 

Me acordé que hace mucho tiempo yo hacía videos. Me acordé también de este post que escribí para Zancada, con muchos ejercicios de felicidad. Me acordé de cuando tenía tiempo para hacer videos y escribir posts. Era muy feliz. Pensé en eso de que la felicidad fuera un ejercicio. Algo que hacemos. Algo que mientras más hacemos, mejor hacemos. Y decidí dedicarle la tarde a algo completamente mío. A ejercitar mi felicidad. Y escribí con plumón rosado sobre papel rosado (mi color favorito del último tiempo) grabé la textura de la tinta en el papel, le pedí a mi hijo mayor que me grabara escribiendo y le enseñé cómo tomar la cámara con seguridad. Dejé que el menor rayara encima de las hojas, y cuando terminé lo edité todo junto a una de las canciones más hermosas que he escuchado en el último tiempo: Haley, de Big Thief. 30 segundos de felicidad purita.

Amor, mi cuerpo, mis hijos, mis herramientas, y una canción.
Tengo todo lo que necesito.

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deja al misterio ser

Todos los días nos acostamos en la misma cama, él lee, yo pongo el iPad encima de mi guata y veo algún capítulo de la serie que estoy viendo en ese momento. Pienso que las series son para mí lo que los libros son para él. Mundos en los que te metes por un tiempo. Mundos gigantes, infinitos, que caben en nuestras manos abiertas. Él ahora está leyendo 2666 de Roberto Bolaño. Yo acabo de terminar una maratón de The Leftovers, que me dejó con el corazón elevado y por el piso al mismo tiempo. No estoy de acuerdo con nada de lo que dice alguna gente que se cree mejor por leer. Una serie, una buena serie, te rompe la cabeza y el pecho de una manera irreparable. Una buena serie es como un par de lentes a través de los cuales empiezas a ver. Lo bueno, las fallas. Una buena serie se convierte en una manera de enfrentarse a las cosas.

The Leftovers es una buena serie. Una muy buena serie.

Y cuando llegué a la última escena, del último capítulo, de la última temporada comprobé que sí, The Leftovers era una historia de amor. Mis favoritas. Porque puedo contar acá que se trata de lo que pasa con la humanidad cuando el 2% de la población desaparece. Puf. Sin rastro ni explicación. Puedo seguir explicando que ése es el punto de partida, pero que en verdad se trata de las creencias, de las cosas a las que uno se aferra para darle sentido a lo que nunca va a tener sentido (estar vivos, estar acá). Puedo decir que se trata sobre las distintas dimensiones (ésta y las que no podemos ver), que se trata de gente que se vuelve loca, de la Biblia, de la religión, de la violencia. ¡De la familia! Sí, trata mucho sobre la familia. Porque se trata sobre el amor po. Lo más misterioso y terrible y hermoso que te puede tocar o no tocar. Lo más transformador que puedes tener o perder.

“Let the mistery be”, dice la canción que suena en la intro de la segunda temporada y suena y suena y suena en mi cabeza, como un mantra. Hay gente que necesita entender, y a esa gente esta serie no le va a gustar. Hay gente que necesita explicaciones, historias que se cierran, conclusiones lógicas. Hay gente que ante el misterio, prefiere mirar hacia el otro lado. Entender está sobrevalorado. A mí me gusta sentir. Y esta serie se siente. Se llora, se sufre, se lleva encima como una mochila. Porque detrás de toda la complejidad de su trama, de su narrativa, de lo loca que puede volverse… es una historia hermosa de amor. Y el amor se siente o no se siente. El resto es challa. Challa de colores fluorescentes, challa brillante, que cae de la manera más perfecta. Pero challa al fin y al cabo.

Acostada a su lado, como todos los días, lo miro leer. Lo miro a través de mis lentes de The Leftovers, y lo amo. Acá, y en todas las dimensiones que aún no conozco, lo amo.