Texto

el viaje

Quiero mucho escribir sobre el viaje, pero parece que todavía no lo logro. Por mientras acá están las fotos. No todas las fotos porque son demasiadas, elegí las que me hacían algo en la guata.
Son una mezcla de fotos tomadas con mi nueva Fuji, y algunas con celular. Tienen descripciones, etiquetas con los lugares y todo si las ven directamente en el link del álbum en Google Photos: https://photos.app.goo.gl/wPrao36B6JiFQ1BBA

Pero si les da lata, acá están en un slideshow. Ojalá les gusten.

una última contradicción que nunca se apaga

“Nunca tengas hijos”, le dije a mi mejor amigo la noche del miércoles. Veníamos llegando de la clínica después de haber estado toda la tarde ahí por una convulsión febril del Félix, mi hijo menor. Estaba asustada, estaba triste, y por sobre todo estaba cuestionándome profundamente la capacidad de tolerar la angustia y desesperación que siento cuando alguno de mis hijos está padeciendo de algo que no puedo controlar.

Horas antes había tenido que ver cómo mi hijo menor se sacudía incontrolablemente ardiendo en fiebre, cómo se ponía cada vez más azul por no poder respirar, cómo espumaba por la boca, cómo sus ojos se iban. Cómo desaparecía todo lo que hace que mi hijo sea mi hijo, dejando sólo un cuerpo que no respondía, por 3 o 4 minutos que se sintieron como 45. Sin saber qué pasaba, sin saber qué hacer más que correr al taxi más cercano, a la clínica más cercana, al doctor más cercano. Doctor que me aseguró que a muchos niños les pasa, que había sido una convulsión benigna y que no habría ninguna secuela.

Lo primero que dijo el Félix cuando se despertó del sueño post-convulsión, fue “¿y tú cómo te llamas?” a la enfermera. Y ahí, recién ahí, me largué a llorar. De alivio, sí, pero también porque alguna parte de mí sabía que si algo, algo más grave, le hubiera pasado al Félix esa sería una de las cosas que extrañaría de él. Esa obsesión por preguntarle a todo el mundo su nombre. Una de esas cosas que hacen que mi hijo sea mi hijo, y no sólo ese cuerpo que en cualquier momento puede fallar.

No hay una buena razón para tener hijos, me dice el Cristóbal cuando nos amamos tanto que nos ponemos tontos y consideramos tener un tercero. Si uno empieza a preguntárselo, la verdad es que no hay respuesta satisfactoria: ¿por qué los tuve? ¿Por qué me arriesgué a sentir la más absoluta pérdida de sentido si algo llegara a pasarles? ¿Cómo podría llegar a considerar tener otra razón más de preocupación y angustia? Y la respuesta, como siempre, es el amor.

Tengo la certeza de que el abismo al que me asomo, cuando pasan estas cosas y tengo miedo de perder a mis hijos, es infinito y absoluto. Pero son esas mismas dos palabras las primeras que se me ocurren cuando intento describir la felicidad que me produce verlos preguntarle el nombre a desconocidos, bailar en el living con canciones que antes sólo yo bailaba, descubrir un sabor nuevo, escucharlos jugar en la pieza del lado. Amor infinito y absoluto.

No sé si le desearía a mi mejor amigo el miedo de saber que sus hijos sólo por estar vivos corren infinitos riesgos, ni siquiera sé si no volvería atrás y pensaría mucho mejor mi propia decisión de tener hijos. Quizás viva la vida entera cuestionándome mi capacidad de lidiar con todo lo malo que viene con haberlos tenido. Arrepintiéndome incluso, a ratos. Pero sí sé que me gustaría que experimentara todo lo bueno. Y lo sé porque a él también lo amo, y no podría desearle que no sintiera lo que se siente, cuando tu hijo es tu hijo, y te mira y te sonríe y te habla y vive.

y de pronto, triste

Puede ser una canción, un encuentro, o en mi caso un sueño. Un sueño que te recuerda lo que no tuviste, lo que no pasó. Eso que querías mucho y que te fue negado, por la razón que fuera. Y por muy hermoso que sea lo que sí tienes, por muy feliz que te tengan las cosas que sí han pasado… lo que no pasó es un pozo donde puedes hundirte por horas. Un pozo oscuro y mohoso, en el que caíste por andar muy distraída. Por no mirar bien.

Esa persona que no quiso seguir siendo tu amiga. El trabajo que no te dieron. La idea de ti misma que tenías a los 10 años. Tantas cosas que no pasaron, nunca pasarán y te obsesionan.
Y luego: la pena por no poder contentarse. La frustración por nunca haber aprendido a disfrutar de lo que se vive, por sobre el gusto a lamentar la posibilidad que nunca existió.

Había estado muy feliz últimamente. Se me han dado oportunidades que suenan hasta ridículas de lo afortunadas que son. El verano fue maravilloso, lleno de amor y planes. Mucha gente ha leído mi libro y me escriben conmovidos y agradecidos (indescriptible sensación). Mis hijos crecen sanos y a mi lado. He tenido la suerte (que muchas veces se siente como una maldición) de que todo lo que he empezado por ocio se ha transformado en negocio (las fotos, el lettering, la escritura, y hasta el podcast con la Isi), que lo que hago por amor se convierta en mi trabajo. Pero no sé si por curiosa, por insatisfecha, por inquieta o por simple estupidez, basta sólo desviar la mirada un segundo y pum: pozo.

Ese hombre que no te pescó. El cuerpo que tenías y que ya no. Los que te dejaron de seguir.
Dejar que quién eres se defina por lo que no lograste. Por tus fracasos, por lo que te falta.
Por los que eligieron no conocerte. Son ellos los que tienen la razón.
¿Son ellos los que tienen la razón?

Desde el pozo, pareciera que sí.
Pero ya me ha pasado esto antes, y he logrado salir.
Y cada vez más fuerte, más atenta y más capaz de mantener la mirada en el camino.