contar la historia

Cada cierto tiempo vuelvo a contar la historia del Félix. La última vez fue hace unos días en taller, cuando las niñas se pusieron a hablar sobre sus hijos y sus embarazos y partos. Algo que pasa seguido cuando haces talleres con puras mujeres y una de las razones por las que me gusta hacer talleres con puras mujeres. La confianza que se genera para hablar de todo (no, no sólo hablamos de guaguas y partos)

Conté la historia y ya me sé más o menos las partes en las cuales la gente se sorprende: 26 semanas, pesó un kilo, 2 meses y medio hospitalizado, listeria, hemorragias cerebrales. Pero la mayor sorpresa llega cuando concluyo con que ahora es un niño grande, feliz y sin mayores problemas.

Es fácil olvidarse, es fácil dejarlo atrás. Fue tan pésimo todo que la mente se encarga rápido de meterlo en el fondo del cajón. Pero volver a contar la historia me convierte de nuevo en esa mamá maravillada y agradecida que salió de la clínica con un bebé vivo, un bebé sano. Y lo miro y me importa un pico que se demore más en hablar, que se haya demorado más en caminar. Que probablemente gracias a haberse apurado mucho, termine demorándose en hacer muchas cosas.

Está grande, está sano, está feliz. Y sigue siendo nada menos que milagroso.

la primera vez que lo tomé en brazos

la primera vez que lo tomé en brazos