Cuando una amiga se va

La Daniela llegó de sorpresa, a decir adiós. Nos habíamos despedido ayer, y a pesar de que fue rápido, alcanzó justo para ser también muy triste. Me había dicho que no iba a poder verme hoy, pero llegó. Yo estaba tratando de hacer dormir al Félix, y sonó el timbre y era ella. Traía flores. Tomamos té con medias lunas, sentadas en el lugar favorito de mi casa, una ventana grande en el living donde llega la mejor luz. Le hice fotos.

Hablamos sobre lo que se siente partir y sobre lo que se siente quedarse. Hablamos sobre mi llanto ayer, después de la falsa despedida. Le confesé que lloraba tanto por ella que se iba como por mí que me quedaba. Le dije que para mí ella era la realización de todas las cosas que yo en algún momento quise hacer con mi vida. Viajar. Vivir sola. Vivir afuera. Que ella me mostraba muy claramente la respuesta a ese “que habría pasado si…” que de repente aparece en la mente y arruina todo. Que era difícil.

Pero igual nos reímos hablando de tonteras, y le hice más fotos. Y hablamos del amor. Y pusimos el “Crash” de Dave Matthews Band, que nos gustaba tanto cuando teníamos 20, y lo escuchábamos en su auto. Cuando estudiábamos lo mismo y nuestros planes eran los mismos. El Félix apretaba botones de un juguete, haciéndolo sonar con melodías que bailaba y bailaba y bailaba. Han pasado 11 años desde que teníamos 20, 4 desde que empezó a irse por temporadas largas a otros países, 8 desde que vivimos un tiempo juntas en Santiago, 2 meses desde que volvió a Chile por un tiempito, y 13 años desde que nos conocimos. 1 hora desde que llegó de sorpresa, y ya se tiene que ir.

Esta vez se va sin fecha de retorno. Y cuando la abrazo, esta vez se siente como que se va de verdad.
Nos prometemos hablar por skype, escribirnos cartas, estar presentes a pesar de estar lejos.
Tengo pena, por ella y por mí. Y lloro.

Nos decimos que nos amamos, porque cualquier otra cosa sería ofensa, y se va.
Por mi pasillo, hasta el ascensor, y después a Francia y la veo tan bonita despidiéndose con su pelo corto y su ropa negra. Tan como siempre debió ser. Tan libre, de ir y venir, de hacer y decir. De vivir, de vivir como quiere vivir.

Cierro la puerta y tomo al Félix en brazos. Suena la #41, la mejor canción de Dave Matthews Band, y yo apreto a mi hijo mientras lloro por mi amiga. Y después lo hago dormir, y ordeno un poco, y pienso que ojalá alcance a trabajar un poco, antes de que se despierte.