En el día del amor

Yo sé que la moda es odiar y que lo bacán es ser indiferente. Yo sé que son asquerosos los abrazos de año nuevo, los niños en espacios públicos, y las declaraciones de parejas en redes sociales. Puaj.

Que el amor romántico es una mentira inventada por el capitalismo. Que el matrimonio es una estupidez. Que tener hijos es una condena. Yo sé todas esas cosas. Las leo y las escucho tan seguido que sí, lo sé.

Pero lo que siento es otra cosa. Lo que siento yo, todo el día, es amor. Amor ridículo y grotesco. Por mi marido, por mis hijos. Por lo que hago, por las cosas que leo y escucho. Por mis amigos, por mi familia. Hasta, incluso, por mí.

Sí, es incómodo que un extraño te abrace. Pero elijo abrazarlo de vuelta. El ruido de niños llorando o gritando también me estresa, pero elijo empatizar con sus papás. Las declaraciones de parejas en redes sociales a veces son muy cuma. Pero elijo alegrarme por esa gente, porque sientan algo tan fuerte que los lleve a hacer el ridículo en público y ni se den cuenta.

Elijo amar. Todo el tiempo. Elijo decirle a mis amigos que los extraño si no los he visto hace mucho tiempo. Abrazarlos, cuando finalmente los veo. Elijo subir fotos a mis redes sociales de mis hijos, de mi marido. Escribir sobre cuánto los amo (tratar por lo menos porque es realmente inmenso). Elijo amar mi cuerpo, mis manos y lo que hacen. Mi oficio. Dar la lata con las letras porque siento que todavía no está claro que son lo mejor que hemos inventado. Elijo decir lo que siento, hasta la estupidez a veces. Contestar preguntas de desconocidos. Sonreír en el ascensor. Tener hijos y criarlos. Adoptar un perro. Comprometerme. Elegí casarme, con todas sus dificultades, y acá estoy eligiéndolo todos los días.

Yo sé que está de moda odiar, pero aún así elijo amar. Aunque sea una festividad inventada por el retail, yo hoy día elijo celebrar.