La Felicidad

En mi casa, ahí está.
Decidí renunciar, lo que para alguien que se acaba de casar y busca ampliar la familia inmediatamente puede ser algo arriesgado y absurdo, pero renuncié. Me voy a dedicar a mis proyectos, voy a trabajar como fotógrafa y diseñadora freelance, y por sobre todo: voy a estar con mi hijo, voy a embarazarme para tener otro, y voy a estar ahí para ellos mientras crecen. Voy a embellecer mi casa, voy a aprender a cocinar las comidas que me hacía mi mamá, y voy a trabajar en mis tiempos libres para hacer felices a personas que necesiten algo que yo les pueda dar. Y voy a dedicarle tiempo a todas esas cosas que me hacen a mí feliz.

El corazón puede fallar, un auto te puede atropellar, un meteorito puede caer y yo me quiero morir sabiendo que le dediqué mi tiempo a lo que está ahí, en mi casa, con el olor del pelo de mi hijo en las almohadas, con pelos de gato blanco volando por el aire, con el sillón esperándome cuando necesite descansar. Al ocio, si es necesario. A la tele, si se me da la gana. Y al trabajo, sí, obvio. Pero en su justa medida, en su sana medida.

Agradezco este tiempo en oficina porque conocí gente que amo, porque aprendí demasiado, y porque, aunque no he trabajado en muchos lugares, sé que trabajé en un muy buen lugar. Sin embargo lo agradezco principalmente porque aprendí que aunque es un sistema muy cómodo y seguro: no es para mí. Prefiero elegir qué hacer con mi día. Prefiero mi casa. Prefiero ir a buscar a mi hijo al colegio y caminar con él de la mano a la casa.

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