Omar – Ejercicio #3

Salgo de mi casa corriendo, aunque ya sé que está muerto. Llego al metro pensando en su cabeza calva, en cómo me sacaba a pasear cuando era niña, montada sobre sus hombros. Yo le olía y le besaba el centro de la cabeza, que siempre fue calva porque desde que nací que fue calva y para mí eso significa desde siempre.

Combino en Tobalaba y pienso en su cajón lleno de lápices donde siempre había uno para que yo dibujara. Pienso en sus boinas, pienso en sus chistes malos, siento que voy a llorar y me aguanto. Sin embargo lloro un poco cuando me acuerdo de ese chiste malo  que siempre hacía cuando en las noticias decían que alguien había muerto. “Era primera vez que se moría”, decía, y yo repito en mi mente “es primera vez que se muere mi abuelo”, pero no me da risa. Me da pena y lloro tímidamente esperando el vagón que me llevará a Plaza Egaña.

En la plaza una señora me dice dónde tengo que tomar la micro. En la micro otra señora me dice que tengo que bajar donde ella se baja, que me va a avisar, que no me preocupe. “No se preocupe, mi niña”, me dice tomándome del brazo porque ve que mis ojos están hinchados. Yo recuerdo que mi abuelo en vez de decirme “mi niña” me decía “mi vieja” y yo me reía porque el viejo era él, pero tan viejo no era, y enfermo no estaba, y me largo a llorar y me da lo mismo que me vean porque mi abuelo se murió y yo sólo quiero llegar a tomarle la mano aunque él ya no pueda sentirlo porque el derrame fue fulminante y cuando me llamaron ya estaba muerto.

Llego al hospital. Corro un poco más. Sólo me detengo cuando finalmente estoy frente a la cama donde mi abuelo parece dormir. Tomo su mano. Sé que está muerto, pero aún no está frío. Beso el centro de su cabeza calva. ¿Cómo va a estar muerto si aún huele como siempre?

Leopoldo

La magia, el amor, la experiencia de vivir, el misterio de la belleza.
Todo se encierra en ti.
Todo lo que no tiene nombre, todo lo que no tiene imagen.
Lo llamo Leopoldo y tiene tu cara