Placer, culpa y vergüenza

Hice una lista de cosas y situaciones que me generan placer. He estado pensando mucho en el placer últimamente. En lo que significa vivir haciéndole espacio al placer, dejando que ese espacio se expanda, tratando de no sentir culpa al hacerlo. Incluso cuando ha invadido otros espacios que se guardaban para otras cosas y la culpa habría sido justificada. Con una sola vida y una sola oportunidad de vivirla, ¿hay algo que pueda justificar sentir culpa?

Quizás sí y simplemente no he sabido medir las consecuencias de no saber la respuesta a esa pregunta. El placer se me aparece siempre como una prioridad, algo que no puedo dejar pasar.

Lo primero en la lista era volver a acostarme luego de que mis hijos se han ido al colegio. Me cuesta descifrar si ese placer viene desde el calor de las sábanas o del saber que estoy ignorando los mandatos de la maternidad y la productividad que dictan que debería ser yo la que se levanta junto con ellos para ir a dejarlos, luego volver a la casa y “aprovechar la mañana” haciendo ejercicio, ordenando la casa y trabajando. Quizás la culpa y el placer se necesitan mutuamente.

Quizás la vergüenza y el placer, también.

Le pregunté a otras personas qué les generaba placer. En muchas de las respuestas se repetían verbos activos del sentir como ver, oler o tocar. Y con muchas de esas acciones (como sacarse los mocos, olerse la mano después de peinarse los pelos púbicos y todo lo referente a lo sexual) también se repetía la vergüenza de admitir esos placeres en voz alta, aunque todos nos entreguemos a ellos, todo el tiempo. La vergüenza es especialmente fuerte en las mujeres, quizás porque desde niñas se nos enseña que todo lo que concierne a nuestros cuerpos pertenece al reino de lo secreto, a lo que deberíamos mantener escondido si queremos que alguien desee descubrirlo. Y no hay manera de separar al placer de nuestro cuerpo.

El cuerpo es lo que nos permite experimentar el placer.

Con mi nariz huelo flores, la tierra mojada, axilas y perros. Con mis manos toco sábanas, espaldas y el agua fría. Uso la mano para explorar mi interior y me saco ruidos que el oído reconoce como la señal más genuina de placer. Con mi oído descubro cambios de tono en canciones y escucho el lápiz avanzando en la hoja y la risa salvaje de mis hijos cuando se dejan llevar. Con mis ojos veo los colores en el cielo cuando no es de noche ni de día y con los mismos ojos no soy capaz de ver dónde termina el océano. Mirando a mi pareja besar a otra persona descubrí un tipo de placer que todavía no puedo describir. Es contra el paladar donde el manjar suelta su azúcar y es la lengua la que le da forma a un helado. Con los labios se dan los besos más lentos y con los dientes se corta el queso derretido. Con toda la boca me hundo entre las piernas de la persona que deseo. 

Mi cuerpo me ha regalado todo el placer que he experimentado y, aún así, sigo considerándolo insuficiente. Sigo pensando en él como una desilusión en el espejo o una expectativa no cumplida. Pero el cuerpo no es una idea, o una fantasía. No es lo que fue, ni lo que será. Es lo único que hay, lo único que tengo. Mi cuerpo me permite recibir el presente, y ese presente es el placer. 

Así que me siento al sol, a descansar. Y me como una manzana verde y brillante mientras miro el mar desde mi ventana. Sintiendo, al mismo tiempo, el olor que dejaron las marejadas nocturnas en el aire y la acidez de la manzana llenando mi boca de saliva. Agradeciéndole a mi cuerpo por éste y todos los momentos, con mi guata suave doblándose sobre sí misma y mi lista de placeres creciendo mientras mi lista de pendientes espera un ratito más. 

2 Comments

  • Myriam Parra

    05/04/2022

    Emocionante y reivindicativo de cómo somos generadores de placer, además de receptores de otros que nos dan placer. Gracias Nori por recordar por qué es tan importante dejar de autocastigos.

  • Sofía Rodríguez

    10/04/2022

    Me encantó. Qué verdades más bien descritas. Gracias por darle forma a tu pensamientos y compartirlos : )

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