Quiero ser fotógrafa

Durante mucho tiempo consideré dejar de tomar fotos. Saqué mi cámara de la mochila y la guardé en el último cajón de mi mueble. Incluso pensé en venderla, completamente desilusionada de mí misma. Ahora me doy cuenta de que fui estúpida, porque dejé que otras personas decidieran por mí. Le dí más valor a aquellos que dijeron que yo era mala, por sobre los que decían que era buena. Por sobre lo que yo quería y creía, incluso.

Porque cuando me dijeron que mis fotos eran malas, yo sentí como que me ofendían a mí, personalmente. Y para mí la ofensa fue tan grande, que necesité protegerme de la peor forma: abandonando las fotos. Si no tomaba fotos, la gente no pensaría que eran malas. Pensé: “Bueno, siempre está el diseño. Y los textos, y las otras cosas. No se puede ser bueno en todo, ¿cierto?, quizás simplemente la fotografía no es lo mío”.

Pero no po. Sí es lo mío. Es lo más mío. Y filo con lo que piensen los otros, para mal o para bien. Las fotos las tomo para mí, para esa yo vieja que va a necesitar ver el registro de su vida. Para mi hijo y sus hijos. Para el Cristóbal que nunca se ve como yo lo veo. Para esa yo, hoy, que siente real y total sentimiento de realización cuando ve una foto buena que tomó. Aunque de 300 fotos tomadas, sólo una sea realmente buena.

Así que quiero ser fotógrafa, de nuevo, todavía. Más que nunca.