Si no da miedo, no vale la pena

Si hay una frase que siento mía, es ésta. La primera vez que escribí algo relacionado al miedo como señal de valor fue en la bitácora de embarazo del Félix, texto al cual hice referencia en este doloroso post que escribí cuando nació. Cuando empecé Aldeapardo Papelería, la primera frase que diseñé para usar en productos, fue ésta. Está en mi libro, y debo decirla por lo menos una vez a la semana en el Caseritas.

Realmente lo creo, realmente creo en el miedo como algo que debe motivar más que frenar.

Pero, para motivarme o frenarme, primero debo reconocer que lo que siento es miedo y no siempre se manifiesta en maneras familiares. El miedo no es sólo la pera que tirita, el apretón en la guata, o las manos sudorosas. Las formas familiares que usa el miedo para advertir que se viene algo en el horizonte. En mi caso llevo meses durmiendo hasta muy tarde en las mañanas, comiendo mucho más de lo que necesito, ocupando mi tiempo en actividades poco productivas, distrayéndome con experimentos y dejando que las horas pasen, que los días pasen, que la mitad de un año pase.

Y la cosa es ésta: yo tenía un plan para este año, que a su vez proponía un plan para mi vida, y no he partido con el plan porque tengo miedo. Mi plan era arrendar un taller, comprar los implementos para poner en práctica todo lo que aprendí en el taller de serigrafía que hice hace un tiempo, y ponerme a producir pequeñas series de productos con mis letras. Poleras, bolsitos, prints. Registrar el proceso, hacer videos y fotos bonitas. Escribir al respecto. Hacer, con las manos. Diseñar y producir, en bajísima escala, productos que sean valorados y atesorados por quienes los usen. Pocas unidades, venta directa. Conocer a quienes me siguen y me compran cosas, entregárselas y agradecerles mirándolas a la cara. Mi propia manera de hacer comunidad y comercio, de una manera más sustentable y respetuosa. Tanto con el mundo como conmigo. Con mis tiempos, con mis capacidades.

Pero no he partido porque tengo miedo. Miedo a que me vaya mal. Miedo a que me vaya bien. Miedo a que se me vaya de las manos y termine ocupando todo mi tiempo en eso. Miedo a estar muy poco en la casa. Miedo a crecer y empezar a trabajar con gente. Miedo a tener que pagar impuestos, hacer empresas y tener que hacerme responsable de trámites que suenan poco amigables. Miedo a que mi éxito dependa de mí misma. Miedo a que me copien. Miedo a la competencia. Miedo, miedo, miedo.

6 meses de miedo y de desviar la atención. Porque en esos 6 meses (y en los años anteriores) también he experimentado con mis afectos y con mis relaciones, y dentro de lo que he vivido he encontrado la inspiración y el tema para mi segundo libro que está escribiéndose en mi mente todos los días, pero que aún no tiene ni una sóla página a su haber. Miedo. A que no sea tan aceptado como Especimen. A revelar mucho de mí y de otros. A ofender. A molestar. A confesar demasiado. A lo que van a pensar. A darme cuenta de que en realidad nunca fui una escritora, sólo una persona con internet, demasiadas cosas que decir y una cantidad ridícula de suerte.

Y así, no arriendo el taller, ni hago poleras, ni escribo. Veo Netflix, y videos de Youtube y duermo, y como, y sigo haciendo lo que hago siempre sin dar el paso que me lleve a quizás fallar. Hago historias y posts de Instagram, y descanso en la felicidad que me generan los likes y los comentarios positivos, sintiendo que por lo menos algo entrego. Algo hago. Ese algo, ¿es realmente importante? ¿Y si la plataforma no existiera más, de un día para otro?

Quiero que mi plan funcione, todavía me queda medio año.
Y si me creo mi propia frase, entonces habrá valido la pena. Porque hace mucho tiempo que el miedo no se sentía tan bien. Tan tibio y pesado como una frazada antigua que te atrapa en la cama.