amor

contar la historia

Cada cierto tiempo vuelvo a contar la historia del Félix. La última vez fue hace unos días en taller, cuando las niñas se pusieron a hablar sobre sus hijos y sus embarazos y partos. Algo que pasa seguido cuando haces talleres con puras mujeres y una de las razones por las que me gusta hacer talleres con puras mujeres. La confianza que se genera para hablar de todo (no, no sólo hablamos de guaguas y partos)

Conté la historia y ya me sé más o menos las partes en las cuales la gente se sorprende: 26 semanas, pesó un kilo, 2 meses y medio hospitalizado, listeria, hemorragias cerebrales. Pero la mayor sorpresa llega cuando concluyo con que ahora es un niño grande, feliz y sin mayores problemas.

Es fácil olvidarse, es fácil dejarlo atrás. Fue tan pésimo todo que la mente se encarga rápido de meterlo en el fondo del cajón. Pero volver a contar la historia me convierte de nuevo en esa mamá maravillada y agradecida que salió de la clínica con un bebé vivo, un bebé sano. Y lo miro y me importa un pico que se demore más en hablar, que se haya demorado más en caminar. Que probablemente gracias a haberse apurado mucho, termine demorándose en hacer muchas cosas.

Está grande, está sano, está feliz. Y sigue siendo nada menos que milagroso.

la primera vez que lo tomé en brazos

la primera vez que lo tomé en brazos

nuestra casa

hoy día fuimos al persa bío bío,
compramos un comedor más grande.
cuando compramos el que teníamos, eramos 3.
ahora somos 4, y tenemos más amigos.

(amigos que van a convertirse en tíos
en los tíos de nuestros hijos
como esos tíos nuestros que no eran tíos
que eran los amigos de nuestros papás)

ese comedor más chico, esa mesa roja
la misma mesa donde nos casamos
donde firmamos el papel que nos unió
para vivir y comprar muebles y criar y crecer

ahora es el escritorio de nuestro hijo mayor
donde ya hizo tareas y jugó
mientras brindábamos con una cerveza
en el comedor más grande, el nuevo