cristóbal

III

3:
Se paró al baño y cuando volvió se sentó en mi cama y no en la suya. Hablamos un poco más, tomamos un poco más. De repente, se acostó. Me acosté al lado de él. Dijo que le gustaba que le hicieran cariño en los brazos. Que le daba sueño. Lo tomé como una invitación. Fuimos acercándonos de a poco y yo aún mantenía la esperanza de que la conversación, la tensión y la guata se equivocaran. Que quizás lo nuestro no era nada especial, un coqueteo cualquiera. “Cagué”, pensé, en cuanto finalmente nos dimos el beso.

2:
Vio Revolutionary Road, y me mandó un mail de 3 líneas diciéndome que la película lo había conmovido. Que lo había “apretado” fue la palabra que usó, porque habíamos usado ese término para hablar de la sensación que nos producían ciertas obras. A mí su mail me apretó fuerte como un puño porque hace una semana le había pedido que no me siguiera escribiendo. Que necesitaba desenamorarme si él no estaba enamorado. Pero igual le respondí el mail.

1:
Estábamos asustados. Yo tenía una fiebre misteriosa y había que revisar si era mi líquido amniótico el culpable. La única manera de comprobarlo o descartarlo era metiendo una aguja larguísima en mi guata de embarazada. Justo antes del examen, me hicieron una ecografía. Ahí estaba, muy quieto, nuestro hijo. “¿Cómo se llama?” preguntó el doctor. No lo habíamos decidido aún, pero él tomó mi mano y respondió “Félix” con tono seguro. Yo siempre quise llamarlo así, pero antes de las contracciones, aún no lo había convencido.