familia

es al revés

Hoy día pensé que lo que más hago con el Félix es convencerlo de que no haga cosas que no le convienen. Como meter la mano donde no tiene que meterla, comerse cosas raras del suelo, saltar desde alturas que aún no calcula. Y con el Leopoldo es todo lo contrario. Tengo que convencerlo de que haga cosas que sí le convienen. Como arriesgarse a probar esa comida que quizás no le apetece, que vea esa película que piensa que va a ser fome, que estudie.

contar la historia

Cada cierto tiempo vuelvo a contar la historia del Félix. La última vez fue hace unos días en taller, cuando las niñas se pusieron a hablar sobre sus hijos y sus embarazos y partos. Algo que pasa seguido cuando haces talleres con puras mujeres y una de las razones por las que me gusta hacer talleres con puras mujeres. La confianza que se genera para hablar de todo (no, no sólo hablamos de guaguas y partos)

Conté la historia y ya me sé más o menos las partes en las cuales la gente se sorprende: 26 semanas, pesó un kilo, 2 meses y medio hospitalizado, listeria, hemorragias cerebrales. Pero la mayor sorpresa llega cuando concluyo con que ahora es un niño grande, feliz y sin mayores problemas.

Es fácil olvidarse, es fácil dejarlo atrás. Fue tan pésimo todo que la mente se encarga rápido de meterlo en el fondo del cajón. Pero volver a contar la historia me convierte de nuevo en esa mamá maravillada y agradecida que salió de la clínica con un bebé vivo, un bebé sano. Y lo miro y me importa un pico que se demore más en hablar, que se haya demorado más en caminar. Que probablemente gracias a haberse apurado mucho, termine demorándose en hacer muchas cosas.

Está grande, está sano, está feliz. Y sigue siendo nada menos que milagroso.

la primera vez que lo tomé en brazos

la primera vez que lo tomé en brazos