hijo

contar la historia

Cada cierto tiempo vuelvo a contar la historia del Félix. La última vez fue hace unos días en taller, cuando las niñas se pusieron a hablar sobre sus hijos y sus embarazos y partos. Algo que pasa seguido cuando haces talleres con puras mujeres y una de las razones por las que me gusta hacer talleres con puras mujeres. La confianza que se genera para hablar de todo (no, no sólo hablamos de guaguas y partos)

Conté la historia y ya me sé más o menos las partes en las cuales la gente se sorprende: 26 semanas, pesó un kilo, 2 meses y medio hospitalizado, listeria, hemorragias cerebrales. Pero la mayor sorpresa llega cuando concluyo con que ahora es un niño grande, feliz y sin mayores problemas.

Es fácil olvidarse, es fácil dejarlo atrás. Fue tan pésimo todo que la mente se encarga rápido de meterlo en el fondo del cajón. Pero volver a contar la historia me convierte de nuevo en esa mamá maravillada y agradecida que salió de la clínica con un bebé vivo, un bebé sano. Y lo miro y me importa un pico que se demore más en hablar, que se haya demorado más en caminar. Que probablemente gracias a haberse apurado mucho, termine demorándose en hacer muchas cosas.

Está grande, está sano, está feliz. Y sigue siendo nada menos que milagroso.

la primera vez que lo tomé en brazos

la primera vez que lo tomé en brazos

Sesión de amor nº 9: Benjamín y sus papás

Esta sesión fue la sesión que regalamos en Zancada. Me sorprendió que tanta gente participara, fue muy emocionante y me costó mucho elegir el ganador. Pero finalmente me fui por la guata, y cuando leí el comentario de la Camila, diciendo que era una mamá joven, estudiante, y cómo describía el amor por su hijo… no sé, simplemente sentí que tenía que ser ella.

Benjamín es un cabro chico exquisito, lleno de energía, inteligente y chistoso que ama los cuchuflí. Y en una mañana muy fría, mientras jugaba con sus papás, le tomé fotos y lo pasamos muy bien todos. Éstas son mis fotos favoritas de la sesión de amor nº9.

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Hace un año

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Hoy día el Félix casi gateó. Ya se mantiene en cuatro apoyos y hace el amague de avanzar, pero aún no avanza con firmeza. Me emocioné tanto cuando lo vi casi-gateando que empecé a aplaudir. Lo distraje y perdió la posición.

Hace 3 días el Félix cumplió un año. Sin embargo, no parece de un año. Parece de 9 meses, que es su edad corregida. Y tampoco tanto, porque a los 9 meses muchos bebés ya gatean, por ejemplo. Afortunadamente, en algún momento de este año decidí, o más bien intuí, que debía dejar de comparar y de esperar y de medir y de presionar. Que eso no iba a funcionar con el Félix. Y de pasada caché que tampoco funciona con el resto de las cosas. Que simplemente hay que trabajar duro y esperar lo mejor.

El cumpleaños del Félix me produjo sensaciones encontradas. Por una parte quería celebrar que habíamos sobrevivido. Que estábamos todos vivos, sanos, y felices, un año después de haber estado enfermos, tristes y asustados. Quería celebrar, pero no podía sacudirme la tristeza que sentía al recordar que hacía un año me había pasado lo más terrible que me ha pasado en la vida. No podía sacarme de la cabeza las imágenes de ese día confuso y decisivo. Sí, era su cumpleaños. Pero seguía deseando que ése no hubiera sido su cumpleaños. Y lo supe, cierto como mi nombre: muy dentro mío hay algo triste y asustado que aún no ha sanado.

Y que quizás nunca sane. Y eso está bien.

Cuando le hablé de este sentimiento a mis más cercanos, muchos no me entendieron. Me sentí culpable. ¿Estaba siendo egoísta por la pena que me producía el aniversario de mi tragedia? ¿Sería mejor sentir sólo felicidad y orgullo por mi hijo y sus avances? Volví a buscar en internet qué decían al respecto distintas mamás que escriben sobre sus hijos prematuros extremos. Y ahí estaba: a ellas, a todas ellas, les pasaba lo mismo. Consuelo. El mismo consuelo que encontré cuando googleaba términos médicos y diagnósticos en esos primeros meses del año que se cumplía. Esos meses que el Félix estuvo hospitalizado, terminando de hacerse.

Esos meses que me cuesta tanto contar como parte de su vida.

Quizás sienta felicidad sin peros cuando se cumpla un año desde que llegó a la casa. O cuando se cumpla un año desde que debió haber nacido. Quizás a medida pasen los años, el día en el que nació deje de ser una herida y pase a ser una marca. Algo que que ya no duele pero que siempre está. No sé.

Hace un año el Félix nació, hoy día casi gateó y es eso en lo que prefiero enfocarme. Hoy día. Y aplaudirle, aunque lo distraiga. Trabajar duro. Esperar lo mejor.