hijos

un momento en una tarde

bailo con mis hijos en el living. le hago muecas al chico y hago chistes con el grande, mudo al chico y hago las tareas con el grande, el grande me pide que le alcance una servilleta (los adultos de la casa somos muy altos y guardamos todo a nuestra altura), el chico a su manera me pide que lo tome. los beso, los abrazo, les hago cosquillas, los necesito. les hago comida, los baño, los salvo de peligros inminentes, me necesitan.

al chico le enseño a no tirarse de la cama, los nombres de las cosas, a caminar, a masticar. cosas esenciales que un día yo también aprendí. al grande le enseño a pronunciar bien las palabras en inglés, a lidiar con la compañera que lo molesta… le enseño que cuando uno dice algo sin pensarlo mucho, puede ofender o apenar a otras personas… cosas que aún estoy aprendiendo yo misma.

pienso en mi mamá. en mis 2 hermanos. en que estamos todos grandes con nuestros hijos, familias, sueños y vidas propias. pienso que algún día que ya nunca podré recordar fui como mis hijos. pienso que algún día que aún no puedo imaginar, ellos van a ser como soy yo ahora. y quizás no se van a acordar de bailar conmigo en el living. y lloro. y me pregunto cómo es que mi mamá no llora todos los días por no tenernos ahí. porque ella sí se acuerda de cómo era cuando la necesitábamos tanto. cuando no habíamos aprendido nada.

“pero así es la vida” me dice por teléfono, y me asegura que mis hijos van a crecer y voy a saber dejarlos ir, aunque ahora me sea imposible imaginarlo. que aunque no me dejen trabajar, y duerma mal, y esté cansada y no tenga tiempo, tengo que disfrutar estos momentos. así que bailo. y bailamos.

y en ese baile estoy yo y ellos y mi mamá y yo cuando chica y ellos cuando grandes y toda la no-linealidad del tiempo, mientras suena una perfecta canción pop de fondo.

el cuerpo cuenta la historia

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tengo marcas en la guata porque he estado embarazada dos veces. dos personas empezaron sus historias dentro de mi cuerpo. tengo sus nombres tatuados en mis brazos. tengo rasguños y moretones por jugar con ellos en el suelo. tengo pechugas blandas y caídas porque con ellas les di de comer.

tengo un dolor en la muñeca por sujetar una cámara pesada. tengo los dedos siempre con tinta por dibujar muchas letras. tengo una rayita en la pera porque cuando chica hacía ballet y un día me caí de cara haciendo una pirueta. tengo una parte de un dedo más blanca que el resto, porque ahí hay un anillo igual al anillo de mi marido. tengo siempre las uñas mal pintadas, porque considero que las uñas no son una prioridad.

tengo cicatrices en la cara porque tuve peste cristal de adulta. tengo la mandíbula chueca por un tratamiento odontológico que me hicieron cuando chica para ser menos perona (no funcionó, claramente). no tengo un poto duro porque disfruto más estando sentada que haciendo ejercicio. tengo más pelos de lo que quisiera porque me sobra testosterona (lo que explica muchas cosas).

y ninguna de estas cosas me avergüenza.
al fin.