taller escritura

Ejercicio #4: Antonia y Juan

Yo no estaba ahí pero me lo contaron.  La Antonia con el Juan llevaban años pololeando, años. Ella siempre nos decía que él era el amor de su vida (aunque lo empezó a decir como a los 15 y yo creo que ni siquiera le había dado un beso a otra persona antes). Le tenía el nombre puesto a todos los hijos que aún ni pensaban tener y había conseguido que su familia siempre invitara a Juan a todas las vacaciones familiares a la casa de Cachagua.

Así que nadie se sorprendió cuando Juan le pidió matrimonio, justo después de cantarle Feliz Cumpleaños, en el picnic que ella misma se organizó para celebrarse sus 21. Lo que sí fue sorprendente fue que la Antonia se paró (botando una botella de jugo de frambuesa en la mantita), y salió corriendo, así, sin decir nada. Juan se quedó con la torta en una mano y el anillo en la otra. Menos mal que yo no fui porque seguramente me habría reído.

El asunto es que la Antonia corrió y corrió y corrió por el parque, con un dolor que le punzaba el costado, con sabor a sangre en la garganta, sin entender por qué, ni saber a dónde iba, pero siguió corriendo hasta salir del parque, hasta llegar a la calle, hasta llegar a un semáforo y pasar de largo, hasta que la atropelló una bicicleta y ahí paró de correr.

Las malas lenguas dicen que fue un castigo divino por hacerle tamaña canallada al pobre de Juan, pero las que la conocemos de verdad sabemos que el que manejaba la bicicleta es mil veces más mino y la hace más feliz que ese perno de Juan.

Víctor – Ejercicio #1

El día en el que los papás de Pablito fueron con él al colegio, fue el peor día en la vida de Miss Marcela, su profesora jefe. Ese jueves ellos debían reunirse -padres y profesora- para hablar de Pablito y su evolución en el colegio. Quedaron de reunirse a las 8, sin embargo después de una clase entera y medio recreo Miss Marcela aún no llegaba.

Pablito, quien no estaba nada de contento con la presencia de sus papás en el colegio, los descubrió esperando, sentados en el patio chico, y justo cuando se acercaba a decirles que por favor se fueran, llegó Miss Marcela, despeinada y hablando muy rápido algo que Pablito no alcanzó a escuchar.

Vio que sus papás se paraban y los 3 partían en dirección a la sala de reuniones. Pablito había escuchado el timbre que significaba “vuelve a clases”, pero sabía que sus papás y su profesora iban a hablar de él. Necesitaba escuchar qué era lo que iban a decir, y gracias a muchos recreos jugando a la escondida, sabía exactamente desde dónde podría ver y escuchar todo lo que pasara en la sala de reuniones.

Cuando finalmente logró la posición perfecta lo primero que vio fue a Miss Marcela llorando. Sintió en su estómago lo mismo que sentía cuando en la tele pasaba por los canales que su mamá le prohibía ver. Miss Marcela, entre sollozos, decía que la perdonaran, que perdonaran su tardanza pero que había tenido que ir a dejar a su hijo, Víctor, al colegio, porque su marido, que era quien lo hacía todas las mañanas, no había podido hacerlo, porque su marido se había ido, porque no sabía donde estaba, que la perdonaran, que la perdonaran.

Pablito, repentinamente asustado, decidió no escuchar más y escapó de su escondite. Sin embargo, mientras atravesaba la multicancha, el susto dio paso a la desilusión: no estaban hablando de él y si lo hicieran, ya no estaba ahí para escucharlo. Pensó en volver, pero no lo hizo, así que caminó hacia su sala donde no lo dejaron entrar.

Esperó en el patio chico tratando de pensar en todo lo que sus papás podrían decir: que era bueno, que a veces era desobediente, pero que se bañaba todos los días y que ahora comía esas cosas rojas oscuras que saben a tierra. Trataba de pensar también en todo lo que la profesora podría decir: que leía más rápido que la mayoría de sus compañeros, y que hacía muchas preguntas en clases, lo que parecía estar bien.  Trató de pensar en todos los adjetivos (había aprendido esa palabra hace poco) que podrían usar para describirlo.

Sin embargo un minuto antes de que llegaran sus papás y Pablito corriera a abrazarlos, lo único en lo que realmente pensaba era en un niño llamado Víctor que nunca antes había visto. Y siguió pensando en él, mientras veía a sus papás salir del colegio, de la mano, juntos. Y siguió pensando en él mientras la Miss Marcela, con ojos hinchados y aún despeinada, les enseñaba a conjugar verbos en la segunda hora de Inglés.

Omar – Ejercicio #3

Salgo de mi casa corriendo, aunque ya sé que está muerto. Llego al metro pensando en su cabeza calva, en cómo me sacaba a pasear cuando era niña, montada sobre sus hombros. Yo le olía y le besaba el centro de la cabeza, que siempre fue calva porque desde que nací que fue calva y para mí eso significa desde siempre.

Combino en Tobalaba y pienso en su cajón lleno de lápices donde siempre había uno para que yo dibujara. Pienso en sus boinas, pienso en sus chistes malos, siento que voy a llorar y me aguanto. Sin embargo lloro un poco cuando me acuerdo de ese chiste malo  que siempre hacía cuando en las noticias decían que alguien había muerto. “Era primera vez que se moría”, decía, y yo repito en mi mente “es primera vez que se muere mi abuelo”, pero no me da risa. Me da pena y lloro tímidamente esperando el vagón que me llevará a Plaza Egaña.

En la plaza una señora me dice dónde tengo que tomar la micro. En la micro otra señora me dice que tengo que bajar donde ella se baja, que me va a avisar, que no me preocupe. “No se preocupe, mi niña”, me dice tomándome del brazo porque ve que mis ojos están hinchados. Yo recuerdo que mi abuelo en vez de decirme “mi niña” me decía “mi vieja” y yo me reía porque el viejo era él, pero tan viejo no era, y enfermo no estaba, y me largo a llorar y me da lo mismo que me vean porque mi abuelo se murió y yo sólo quiero llegar a tomarle la mano aunque él ya no pueda sentirlo porque el derrame fue fulminante y cuando me llamaron ya estaba muerto.

Llego al hospital. Corro un poco más. Sólo me detengo cuando finalmente estoy frente a la cama donde mi abuelo parece dormir. Tomo su mano. Sé que está muerto, pero aún no está frío. Beso el centro de su cabeza calva. ¿Cómo va a estar muerto si aún huele como siempre?