texto

Especimen

Mientras estaba en el Diplomado de Tipografía y Lettering de la Universidad de Chile, una de las tareas finales era hacer un especimen de la tipografía que estábamos diseñando. Para tener un poco más claro qué era lo que teníamos que hacer, le pedí a uno de los profesores que me definiera qué era un especimen, qué tenía que tener, qué no podía faltar. Siempre he sido matea y me gusta saber cómo puedo llegar al mejor resultado posible. Mi profesor, un buen profesor, me lo explicó muy concretamente:

“Un especimen responde a estas preguntas: ¿cuál es la tipografía? ¿cómo es? ¿cómo funciona? ¿cuáles son sus componentes?”.

IMG_3638

Ese momento fue iluminador no sólo porque me respondió la pregunta que le estaba haciendo y me aclaró el panorama, sino porque también en ese momento supe cómo se llamaría el libro que me habían ofrecido hacer meses antes, cómo se iba a estructurar y un poco también el sentido que tendría para mí publicarlo, algo que no había logrado descifrar desde el momento en el que me plantearon hacerlo.

En junio del 2016 María Paz Rodríguez -editora de Neón Ediciones y escritora de las novelas El Gran Hotel y Mala Madre- me mandó un mensaje al celular en el que me pedía reunirnos para hablar sobre un proyecto. Me acuerdo que estaba acostada en el sofá de nuestro living cuando leí el mensaje, y que de un salto llegué a la cocina donde estaba el Cristóbal y se lo mostré con el corazón acelerado. Mi instinto inicial era creer en la posibilidad de un libro. Pero quizás quería que hiciera lettering para las portadas, quizás quería hacer un libro pero que fuera un manual de lettering, quizás era cualquier otra cosa, así que no quise hacerme ilusiones. Obvio que me las hice igual, y las ilusiones se confirmaron cuando en la reunión María Paz me ofreció hacer un libro. Había leído mis columnas en Zancada, había leído mi blog, había visto mi trabajo de lettering y sentía que se podía hacer algo lindo mezclando todas esas cosas que yo hago y que ella había visto. Acepté, por supuesto. Sin pensarlo, y de guata, me tiré.

Salí de esa primera reunión casi llorando de emoción, caminando la misma vereda una y otra vez sintiendo que algo explotaba dentro mío. Cuando me calmé llamé a la gente que más amo en el mundo. Los más cercanos. Los que saben que cuando era chica y me preguntaban qué quería hacer, “escritora” era lo que respondía. Obviamente un ofrecimiento de hacer un libro no me convertía en una escritora (incluso ahora habiéndolo terminado no me siento digna de ese título), pero se sentía como un paso y todos los que llamé celebraron ese paso conmigo.

Unos días después firmamos contrato y empezamos a trabajar.
Fue largo, y fue difícil. Sabíamos que había material que se podía ordenar, re-escribir, mejorar. Había columnas, había posts. Pero no queríamos que éste fuera un libro-blog, sino que fuera un conjunto de ensayos y textos cortos, intercalados con piezas de lettering. Pero debía tener una profundidad que los pixeles no pueden tener. Y me costó. Me costó mucho. No sabía si era capaz de alcanzar esa profundidad. No sabía cómo hilar los textos, no sabía cómo estructurarlos, cómo incorporar las piezas de lettering. Había un título tentativo: “Algo que te puedes tatuar”. Hacía referencia a lo que permanece, a las frases de las canciones que te marcan, a lo que te gusta tanto que decides llevarlo contigo. A lo que realmente importa. Pero nada cuajaba y el tiempo pasaba.

Hasta esa conversación sobre los especímenes tipográficos.

IMG_3639

Después de esa conversación pensé: “este libro es mi especimen y así debería llamarse”. Muestra quién soy yo, cómo soy yo, los elementos que me componen, cómo funciono. Y la estructura debería ser el alfabeto. Ir letra por letra. Cada texto es una letra, cada letra es un texto. Literalmente en algunos casos (la C habla del Cristóbal), más indirectamente en otros (la X habla del porno). En algunos casos la letra es una frase de una canción dibujada en lettering, en otros es un dibujo de una letra capitular. En algunos casos los textos son cortos, en otros son ensayos más largos. Una vez que tuve la idea, hice una maqueta muy rudimentaria, y se la presenté a la María Paz, a quien afortunadamente le encantó.

IMG_3640

Éste fue un año difícil y creo que mucho de eso tuvo que ver con escribir el libro. El proceso de llegar a esa profundidad que los textos debían tener fue emocionalmente muy agotador. Fue doloroso meterme en experiencias pasadas, relaciones, re-leer mis diarios, analizar conductas, cuestionarme decisiones. Fue difícil ficcionarme a mí misma y a mi vida para poder hacer narraciones más interesantes. Pero mirando para atrás, ahora que el libro ya está casi listo, pienso que no había otra manera en la que podría haberlo hecho. Siempre he escrito sobre la base de lo que me pasa, lo que pienso, lo que vivo y las personas que me rodean. Y no sé si podría haber hecho un libro de otra manera. Aunque hasta me haya deprimido en el proceso.

El libro ya está en las últimas etapas de producción y el nerviosismo es absoluto. El miedo al juicio y el síndrome del impostor me penan todos los días. Pero la Nori niña que quería ser escritora es más valiente que yo. Y he trabajado más de un año (con la infinita ayuda y el amor de mi editora que sin ella, nada) para hacer algo que me haga sentir orgullosa. Y vulnerable, porque ser vulnerable es ser real. Y yo sólo quiero ser de verdad y decir la verdad y escribir cosas ciertas. No mucho más que eso.

“Especimen” se lanza a fines de Noviembre, ojalá me acompañen.

 

deja al misterio ser

Todos los días nos acostamos en la misma cama, él lee, yo pongo el iPad encima de mi guata y veo algún capítulo de la serie que estoy viendo en ese momento. Pienso que las series son para mí lo que los libros son para él. Mundos en los que te metes por un tiempo. Mundos gigantes, infinitos, que caben en nuestras manos abiertas. Él ahora está leyendo 2666 de Roberto Bolaño. Yo acabo de terminar una maratón de The Leftovers, que me dejó con el corazón elevado y por el piso al mismo tiempo. No estoy de acuerdo con nada de lo que dice alguna gente que se cree mejor por leer. Una serie, una buena serie, te rompe la cabeza y el pecho de una manera irreparable. Una buena serie es como un par de lentes a través de los cuales empiezas a ver. Lo bueno, las fallas. Una buena serie se convierte en una manera de enfrentarse a las cosas.

The Leftovers es una buena serie. Una muy buena serie.

Y cuando llegué a la última escena, del último capítulo, de la última temporada comprobé que sí, The Leftovers era una historia de amor. Mis favoritas. Porque puedo contar acá que se trata de lo que pasa con la humanidad cuando el 2% de la población desaparece. Puf. Sin rastro ni explicación. Puedo seguir explicando que ése es el punto de partida, pero que en verdad se trata de las creencias, de las cosas a las que uno se aferra para darle sentido a lo que nunca va a tener sentido (estar vivos, estar acá). Puedo decir que se trata sobre las distintas dimensiones (ésta y las que no podemos ver), que se trata de gente que se vuelve loca, de la Biblia, de la religión, de la violencia. ¡De la familia! Sí, trata mucho sobre la familia. Porque se trata sobre el amor po. Lo más misterioso y terrible y hermoso que te puede tocar o no tocar. Lo más transformador que puedes tener o perder.

“Let the mistery be”, dice la canción que suena en la intro de la segunda temporada y suena y suena y suena en mi cabeza, como un mantra. Hay gente que necesita entender, y a esa gente esta serie no le va a gustar. Hay gente que necesita explicaciones, historias que se cierran, conclusiones lógicas. Hay gente que ante el misterio, prefiere mirar hacia el otro lado. Entender está sobrevalorado. A mí me gusta sentir. Y esta serie se siente. Se llora, se sufre, se lleva encima como una mochila. Porque detrás de toda la complejidad de su trama, de su narrativa, de lo loca que puede volverse… es una historia hermosa de amor. Y el amor se siente o no se siente. El resto es challa. Challa de colores fluorescentes, challa brillante, que cae de la manera más perfecta. Pero challa al fin y al cabo.

Acostada a su lado, como todos los días, lo miro leer. Lo miro a través de mis lentes de The Leftovers, y lo amo. Acá, y en todas las dimensiones que aún no conozco, lo amo.

 

Melodrama

writerinthedark

“I’m 19 and I’m on fire” canta Lorde en la última canción de su último disco.
Yo lo escucho, y lloro. He llorado mucho últimamente, sí, pero ahora se siente distinto. Porque no es sólo que este disco sea bueno. He escuchado discos buenos últimamente y he llorado por cómo me conmueven. Esto es distinto.

He estado yendo al sicólogo porque llevo tiempo sintiéndome confundida, sensible, desconcentrada, distraída por el ruido adentro de mi cabeza. El otro día abrí la cortina de mi pieza y la niebla era tan espesa que no se veía el edificio que tenemos al frente. Así estoy. Mi sicólogo que me conoce desde los 20 años, cuando estaba en llamas como la canción de Lorde, me ha ayudado a calmar el fuego cada vez que se lo pido. En todos lados dicen que crecer duele. Lo escuchamos en canciones, lo leemos en libros, lo vemos en películas. Pero cuando tu sicólogo te dice que tienes pena porque estás en el funeral de la rocketina (ese personaje que construiste en tus 20 y que era tu username y tu avatar y tu idea de cómo debía ser una mujer siempre despegando siempre yéndose al espacio siempre dejando fuego a su paso), lloras con ganas y entiendes. Qué sí. Que acá estás. Dejando morir a la rocketina. Al personaje. Viendo cómo ser una persona. Una mujer. Una mamá. Una esposa. Y duele porque siempre pensaste que ibas a conocer el universo entero y resulta que por ahora es acá donde tienes que estar. Y está bien.

Y entremedio de la niebla, de repente un disco. Una niña de 20 cantando sobre esa niña de 20 que fuiste. Ésa que se enamoró hasta la locura. Ésa que se sanaba de la locura tomando y bailando y besando a mucha gente. Ésa que escribía textos más tristes que sus sentimientos. Esa niña de 20 que pensaba que su primer tatuaje iba a ser un cohete y no los nombres de sus hijos. Esa niña que vivía cada relación como la última. Esa niña que se alimentaba de comida chatarra y Melodrama. Melodrama con mayúscula, como modo de vida. Como el nombre de este disco perfecto. Este disco que escuchas y con el que lloras, porque esa niña se muere adentro tuyo pero no sin una fiesta de despedida. Las mejores fiestas son en las que uno baila y llora.

En este funeral, bailo al ritmo de Lorde, en honor a la rocketina que fui.