texto

el viaje

Quiero mucho escribir sobre el viaje, pero parece que todavía no lo logro. Por mientras acá están las fotos. No todas las fotos porque son demasiadas, elegí las que me hacían algo en la guata.
Son una mezcla de fotos tomadas con mi nueva Fuji, y algunas con celular. Tienen descripciones, etiquetas con los lugares y todo si las ven directamente en el link del álbum en Google Photos: https://photos.app.goo.gl/wPrao36B6JiFQ1BBA

Pero si les da lata, acá están en un slideshow. Ojalá les gusten.

Especimen

Mientras estaba en el Diplomado de Tipografía y Lettering de la Universidad de Chile, una de las tareas finales era hacer un especimen de la tipografía que estábamos diseñando. Para tener un poco más claro qué era lo que teníamos que hacer, le pedí a uno de los profesores que me definiera qué era un especimen, qué tenía que tener, qué no podía faltar. Siempre he sido matea y me gusta saber cómo puedo llegar al mejor resultado posible. Mi profesor, un buen profesor, me lo explicó muy concretamente:

“Un especimen responde a estas preguntas: ¿cuál es la tipografía? ¿cómo es? ¿cómo funciona? ¿cuáles son sus componentes?”.

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Ese momento fue iluminador no sólo porque me respondió la pregunta que le estaba haciendo y me aclaró el panorama, sino porque también en ese momento supe cómo se llamaría el libro que me habían ofrecido hacer meses antes, cómo se iba a estructurar y un poco también el sentido que tendría para mí publicarlo, algo que no había logrado descifrar desde el momento en el que me plantearon hacerlo.

En junio del 2016 María Paz Rodríguez -editora de Neón Ediciones y escritora de las novelas El Gran Hotel y Mala Madre- me mandó un mensaje al celular en el que me pedía reunirnos para hablar sobre un proyecto. Me acuerdo que estaba acostada en el sofá de nuestro living cuando leí el mensaje, y que de un salto llegué a la cocina donde estaba el Cristóbal y se lo mostré con el corazón acelerado. Mi instinto inicial era creer en la posibilidad de un libro. Pero quizás quería que hiciera lettering para las portadas, quizás quería hacer un libro pero que fuera un manual de lettering, quizás era cualquier otra cosa, así que no quise hacerme ilusiones. Obvio que me las hice igual, y las ilusiones se confirmaron cuando en la reunión María Paz me ofreció hacer un libro. Había leído mis columnas en Zancada, había leído mi blog, había visto mi trabajo de lettering y sentía que se podía hacer algo lindo mezclando todas esas cosas que yo hago y que ella había visto. Acepté, por supuesto. Sin pensarlo, y de guata, me tiré.

Salí de esa primera reunión casi llorando de emoción, caminando la misma vereda una y otra vez sintiendo que algo explotaba dentro mío. Cuando me calmé llamé a la gente que más amo en el mundo. Los más cercanos. Los que saben que cuando era chica y me preguntaban qué quería hacer, “escritora” era lo que respondía. Obviamente un ofrecimiento de hacer un libro no me convertía en una escritora (incluso ahora habiéndolo terminado no me siento digna de ese título), pero se sentía como un paso y todos los que llamé celebraron ese paso conmigo.

Unos días después firmamos contrato y empezamos a trabajar.
Fue largo, y fue difícil. Sabíamos que había material que se podía ordenar, re-escribir, mejorar. Había columnas, había posts. Pero no queríamos que éste fuera un libro-blog, sino que fuera un conjunto de ensayos y textos cortos, intercalados con piezas de lettering. Pero debía tener una profundidad que los pixeles no pueden tener. Y me costó. Me costó mucho. No sabía si era capaz de alcanzar esa profundidad. No sabía cómo hilar los textos, no sabía cómo estructurarlos, cómo incorporar las piezas de lettering. Había un título tentativo: “Algo que te puedes tatuar”. Hacía referencia a lo que permanece, a las frases de las canciones que te marcan, a lo que te gusta tanto que decides llevarlo contigo. A lo que realmente importa. Pero nada cuajaba y el tiempo pasaba.

Hasta esa conversación sobre los especímenes tipográficos.

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Después de esa conversación pensé: “este libro es mi especimen y así debería llamarse”. Muestra quién soy yo, cómo soy yo, los elementos que me componen, cómo funciono. Y la estructura debería ser el alfabeto. Ir letra por letra. Cada texto es una letra, cada letra es un texto. Literalmente en algunos casos (la C habla del Cristóbal), más indirectamente en otros (la X habla del porno). En algunos casos la letra es una frase de una canción dibujada en lettering, en otros es un dibujo de una letra capitular. En algunos casos los textos son cortos, en otros son ensayos más largos. Una vez que tuve la idea, hice una maqueta muy rudimentaria, y se la presenté a la María Paz, a quien afortunadamente le encantó.

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Éste fue un año difícil y creo que mucho de eso tuvo que ver con escribir el libro. El proceso de llegar a esa profundidad que los textos debían tener fue emocionalmente muy agotador. Fue doloroso meterme en experiencias pasadas, relaciones, re-leer mis diarios, analizar conductas, cuestionarme decisiones. Fue difícil ficcionarme a mí misma y a mi vida para poder hacer narraciones más interesantes. Pero mirando para atrás, ahora que el libro ya está casi listo, pienso que no había otra manera en la que podría haberlo hecho. Siempre he escrito sobre la base de lo que me pasa, lo que pienso, lo que vivo y las personas que me rodean. Y no sé si podría haber hecho un libro de otra manera. Aunque hasta me haya deprimido en el proceso.

El libro ya está en las últimas etapas de producción y el nerviosismo es absoluto. El miedo al juicio y el síndrome del impostor me penan todos los días. Pero la Nori niña que quería ser escritora es más valiente que yo. Y he trabajado más de un año (con la infinita ayuda y el amor de mi editora que sin ella, nada) para hacer algo que me haga sentir orgullosa. Y vulnerable, porque ser vulnerable es ser real. Y yo sólo quiero ser de verdad y decir la verdad y escribir cosas ciertas. No mucho más que eso.

“Especimen” se lanza a fines de Noviembre, ojalá me acompañen.

 

deja al misterio ser

Todos los días nos acostamos en la misma cama, él lee, yo pongo el iPad encima de mi guata y veo algún capítulo de la serie que estoy viendo en ese momento. Pienso que las series son para mí lo que los libros son para él. Mundos en los que te metes por un tiempo. Mundos gigantes, infinitos, que caben en nuestras manos abiertas. Él ahora está leyendo 2666 de Roberto Bolaño. Yo acabo de terminar una maratón de The Leftovers, que me dejó con el corazón elevado y por el piso al mismo tiempo. No estoy de acuerdo con nada de lo que dice alguna gente que se cree mejor por leer. Una serie, una buena serie, te rompe la cabeza y el pecho de una manera irreparable. Una buena serie es como un par de lentes a través de los cuales empiezas a ver. Lo bueno, las fallas. Una buena serie se convierte en una manera de enfrentarse a las cosas.

The Leftovers es una buena serie. Una muy buena serie.

Y cuando llegué a la última escena, del último capítulo, de la última temporada comprobé que sí, The Leftovers era una historia de amor. Mis favoritas. Porque puedo contar acá que se trata de lo que pasa con la humanidad cuando el 2% de la población desaparece. Puf. Sin rastro ni explicación. Puedo seguir explicando que ése es el punto de partida, pero que en verdad se trata de las creencias, de las cosas a las que uno se aferra para darle sentido a lo que nunca va a tener sentido (estar vivos, estar acá). Puedo decir que se trata sobre las distintas dimensiones (ésta y las que no podemos ver), que se trata de gente que se vuelve loca, de la Biblia, de la religión, de la violencia. ¡De la familia! Sí, trata mucho sobre la familia. Porque se trata sobre el amor po. Lo más misterioso y terrible y hermoso que te puede tocar o no tocar. Lo más transformador que puedes tener o perder.

“Let the mistery be”, dice la canción que suena en la intro de la segunda temporada y suena y suena y suena en mi cabeza, como un mantra. Hay gente que necesita entender, y a esa gente esta serie no le va a gustar. Hay gente que necesita explicaciones, historias que se cierran, conclusiones lógicas. Hay gente que ante el misterio, prefiere mirar hacia el otro lado. Entender está sobrevalorado. A mí me gusta sentir. Y esta serie se siente. Se llora, se sufre, se lleva encima como una mochila. Porque detrás de toda la complejidad de su trama, de su narrativa, de lo loca que puede volverse… es una historia hermosa de amor. Y el amor se siente o no se siente. El resto es challa. Challa de colores fluorescentes, challa brillante, que cae de la manera más perfecta. Pero challa al fin y al cabo.

Acostada a su lado, como todos los días, lo miro leer. Lo miro a través de mis lentes de The Leftovers, y lo amo. Acá, y en todas las dimensiones que aún no conozco, lo amo.