vida

La música que nos gustaba

Hoy me pasé la tarde escuchando canciones que me gustaban antes. De hecho tuve que buscarlas en Youtube casi todas porque quedaron atrás, perdidas en cassettes, en cedés y en emepetrés en discos duros anteriores. En mi biblioteca de iTunes no encontré ninguna.

Sin embargo con todas me emocioné casi hasta las lágrimas. Volvían a mi mente esos niños que no me pescaban, esas amigas que nunca más vi, volvían esos cuadernos llenos de letras de canciones, volvía el olor de una pieza, el color de un papel de regalo, viajes en auto con mi familia cantando, mi hijo recién nacido quedándose dormido en el pecho de su papá, mientras se mecía en una silla. La primera vez que sentí que alguien podía decir lo que yo quería decir, la primera vez que encontré una canción para bajarle a alguien (cuando bajar canciones era una hazaña), las tapas de los discos que yo me hacía y que serían mi primer acercamiento al diseño, mi mamá haciendo aseo y cantando mientras yo jugaba, mi primer lento en una fiesta de colegio. Cómo no llorar.

Un ejemplo: con mi mejor amiga Daniela escuchábamos Jason Mraz cuando lo único que existía de él eran unas grabaciones malas del tipo cantando en un café llamado Java Joe’s. Más adelante cuando sacó un disco oficial, la Daniela mandó a pedir el disco – que se llamaba Waiting for my rocket to come – a Estados Unidos, y para mi cumpleaños se disfrazó de cohete para pasármelo. Al verla, le dije “eres una rocketina”, y así nació el que sería mi seudónimo muchos muchos años.

Hoy vi muchos videos de Jason Mraz en Java Joe’s. Ya no lo escucho porque tenía la impresión de que “se había vendido”, pero al encontrarme con el video que acompaña este post, de una canción nueva, diferente a esas de antes, vi en él la misma emoción, la misma forma de cantar, y sentí en mí la misma emoción, la misma forma de escuchar. Y me conmoví con él, el de ahora, como me conmovía con ése del 2002.

Porque la música que nos gustaba ES la música que nos gusta, porque los que éramos ES lo que somos, porque lo que nos llega a lo más hondo, se queda en lo más hondo, y cuando volvemos a meter la mano ahí adentro, lo que se saca son lágrimas, lo que saca son las cosas que habíamos – o queríamos – olvidar.

Porque quizás duele mucho, esos niños que no nos pescaban, esas amigas que perdimos, la familia que ya no vive junta, el tiempo que ya no alcanza ni para recordar. Y esas canciones que se pierden, pero una tarde vuelven.

Enferma

El otro día pedí hora para 3 doctores. Todos en la misma semana. Del Lunes al Miércoles. 3 doctores. Uno  se apellida Pardo Gutiérrez, y lo elegí porque mi segundo apellido es Pardo y el primero de mi hijo Gutiérrez. Otro se apellida Cabezón Gil, y lo elegí sólo porque pensé que si termina convirtiéndose en mi doctor para siempre, me voy a reír cada vez que diga su nombre, el nombre del doctor Cabezón Gil. El otro doctor tenía un nombre cualquiera.

Luego, cuando vi mi agenda de esa semana llena de espacios ocupados con doctores, me llené de esperanza y pensé que ojalá ellos, los elegidos pos sus nombres, sean los que logren encontrar y erradicar esa enfermedad silenciosa que yo sé que me está llevando a la muerte (más pronto que tarde, obvio). Y finalmente pensé que quizás el único doctor al que le debería haber pedido hora es el sicólogo.

Las fotos, la vida, el amor, y todo

Hoy en la mañana terminé de leer el libro de Patti Smith, “Éramos unos niños”.
Lo terminé en la micro, porque casi siempre leo en la micro o en el metro, y eso es bueno porque aprovecho el tiempo, pero también es malo porque estoy en público y cuando termino libros como “Éramos unos niños” tiendo a llorar. Por lo feliz de haberlo leído e infeliz de que se haya acabado, y porque cuando un libro conmueve, qué tristeza da despedirse de él. Bueno, hoy lloré en público leyendo ese libro. Especialmente con una sección del final en la que Smith contaba cómo y cuándo Robert Mapplethorpe (su amigo y alma gemela y muso y amante) le tomó la foto, la famosa foto, que adorna la tapa del disco “Horses”.

Ella cuenta todo el día que pasaron juntos antes de tomar las fotos, y ya cuando termina cuenta:

“Ese día sacó doce fotografías.
Unos días después me enseñó la hoja de contactos.
«Ésta es la que tiene la magia», dijo.
Cuando ahora la miro, no me veo nunca a mí. Nos veo a los dos”

Tuve que cerrar el libro y mirar para otro lado. Me pareció especialmente emocionante porque resume lo que siento sobre las fotos, la vida, el amor, todo al respecto de ellos y todo al respecto de todo. Porque me recordó a lo que siempre le digo al Cristóbal cuando le saco fotos o cuando vemos una foto que tomé de él. Que esas fotos son buenas porque está él, sí, y él es bello, sí, pero también porque ahí está cómo lo veo yo. En esas fotos está él y el amor que siento por él, está todo.

Recomiendo el libro y recomiendo leer y llorar en público y recomiendo enamorarse y recomiendo tomarle fotos al enamorado. Todo junto y al mismo tiempo.