Empatía y frustración

Desde hace un tiempo que estoy frustrada. Con todo lo que hago. Estoy terminando de escribir mi libro y estoy trabajando en una tipografía basada en mi caligrafía con brushpen que también está pronta a ser terminada, y con los dos proyectos me dan ganas de borrarlo todo y empezar de cero. Lo triste es que no tiene que ver tanto conmigo misma, tiene que ver con que cada vez que leo algo impecablemente escrito, o veo una tipografía impecablemente diseñada, algo adentro mío me dice “pa qué po?” y me desanimo. Me inunda la certeza de que nadie quisiera leer un libro escrito por mí que no soy escritora. Nadie necesita una tipografía diseñada por mí que no soy tipógrafa. Y no hago nada. Hay otros que lo están haciendo demasiado bien, y lo que estoy haciendo yo no es necesario.

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Hace unos días estuve en Buenos Aires en un taller con Martina Flor, una campeona mundial del lettering, y un referente para mí y para muchos. Yo y 3 mujeres bacanes que han sido mis alumnas cruzamos la cordillera para escuchar lo que ella tuviera que decirnos sobre el oficio. En su taller empecé una pieza con la palabra “Empatía”, y durante el taller mismo y los días en los que he ido trabajando la pieza, las dudas y la frustración no me han dejado en ningún momento. Mientras estábamos en su taller no dejaba de compararme con todos los otros asistentes. Quería que ella reconociera que mi pieza era bonita, que me felicitara. No lo hizo, obvio, porque los buenos profesores no te la hacen fácil. Miraba las piezas, me fijaba en si la mía era “mejor” o “peor” que la del resto. Me empecinaba en que estuviera perfecta hasta que me dolía la cabeza. Después del taller nos sacamos fotos, las subimos a instagram. Martina le hizo like a todas las fotos que los participantes subieron, menos a la mía. Obvio, debe ser porque soy pésima. No tengo talento, no le gustó mi pieza. Le caí mal.

Es difícil vectorizar, especialmente vectorizar “correctamente”. Veo trabajos hermosos de gente muy talentosa, con un oficio y una dedicación que casi me hace llorar. Me gustaría que fuera de emoción, de lo mucho que me conmueve reconocer en otras personas el amor inmenso que siento yo por las letras. Pero no, es de nuevo la frustración. De no poder lograr esas curvas, de sentir que la herramienta me domina en vez de dominarla yo a ella. Lloro por el tiempo que me falta para practicar todo lo que me gustaría practicar, por las ganas de que mi trabajo sea perfecto. Porque hay tanta gente haciendo cosas tan hermosas y siendo tan hermosa con sus casas tan hermosas y sus talentos maravillosos, y sus libros bien escritos y yo acá no puedo avanzar, no logro avanzar por el peso de mi propia tontera.

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Y de repente, la claridad. ¿De qué chucha me sirve la empatía, subir esta pieza mi instagram diciendo que la empatía es la palabra mágica que solucionará nuestros problemas, si no puedo ni siquiera dejarme piola a mí misma? Si no puedo dejarme aprender, practicar en los ratitos que puedo, enfocarme en el proceso y no en la perfección, asumir que mi cerebro de 33 no aprende tan rápido como el de los 23 y seguir seguir seguir. Entender, realmente entender, que se aprende hasta que se muere y que lo único que puedo hacer es justamente lo que estoy haciendo. Escribir cuando necesito hacerlo. Dedicarle días a una pieza hasta que ya tengo que dejarla ir porque está lo suficientemente bien. Suficiente para mí, por ahora. Saber parar cuando me duele la cabeza y jugar un rato con mi perro y mis hijos. Ellos no me juzgan ni me comparan, para ellos sólo tengo que estar ahí y eso es suficiente. Sé que estoy repitiéndome pero qué maravillosa palabra es suficiente. ¿Será que encontré mi próximo lettering?